Hoy es uno de esos días grises, amanece uno de esos días donde todo
el cielo esta encapotado y la sensación de paz y de bienestar te acuna de una
forma que solo es comparable a cuando te abrazan.
Cuando hablo de
abrazos me refiero a todas aquellas maneras de abrazar que la vida nos ofrece.
Hay veces que se manifiesta en forma de personas; y nos
encontramos envueltos en unos brazos que provocan en nosotros un torbellino de
emociones, hay a quien le den consuelo, hay a quien les proporcione paz,
anhelo, una sensación reconfortante, un latido que se detiene y te permite
bajarte del mundo y conseguir que todo deje de girar; como si de un soplo de
aire fresco se tratara consiguiendo darte la fuerza suficiente, para permitirte
el hecho de seguir.
Otras veces nos abraza el aire en forma de brisa, cuando
vamos paseando por la orilla del mar y una ráfaga cálida acaricia nuestro
rostro; siendo ese el instante en que te
permites parar, cerrar los ojos y mirar a tu alrededor, mirar hacia dentro y
sentir la belleza del paisaje desde el sentido del tacto y no desde el sentido
de la vista.
En otras ocasiones llega el sol y nos abraza, vamos
caminando, puede que sea por un bosque frondoso, por una montaña llena de flora
y fauna, puede que sea por una senda, por un camino hostil o simplemente por un
camino silvestre. Dicho camino nos lleva a una cima, una cima en la que cuando
somos capaces de coronarla, nos hace cerrar los ojos y sentir como el sol hace su función de luz y
abraza hasta nuestra vista, porque la ciega y no la deja ver. Es en ese momento
cuando cerramos los ojos y dejamos que ese abrazo nos envuelva, nos reconforte
y nos ame de forma incondicional, permitimos que el abrazo que nos ciega nos dé
más luz en forma de gratificación, que cualquiera de los estímulos que
pudiéramos encontrar.
Ahora le llega el turno a la lluvia, imaginaros en una
carrera, da igual que sea al aire libre, como si de un entrenamiento de running se tratara, la carrera al volver
a casa tras un día agotador, la carrera en el ámbito de ser padres, hijos,
amigos… o cualquier carrera con la que
tengamos que lidiar en nuestro día a día. Ahora... esa carrera que habéis
elegido, imaginar que se desarrolla en un instante de lluvia, que os permitís
cerrar los ojos, os permitís dejar que el agua caiga y os permitís que el tacto
del agua os abrace y os meza al compás de su sonido. Un goteo armonioso que te
mece y te ayuda a salir hacia delante, de forma apacible y fluida.
Pues ahora imaginaros que ese abrazo del que estamos tan
enamorados, nos saca a bailar, imaginar que el play es pulsado y de una forma
lenta, o rápida, alocada o simplemente acompasada como si de un Valls se
tratara acompaña cada paso que vamos, te hace fácil el llevarte al compás de la
música, y de repente te meces, entre brisas frente al mar, entre árboles
frondosos y sombras apacibles, te meces en la cima de un montaña, te meces bajo
la lluvia, bajo el agua, ante el cantar de un pájaro o el aleteo de una
mariposa, el roce de una caricia, o el estimulo que cualquier aroma despierte y
eso es lo que hace que el corazón y el alma bailen.
La vida cada día nos saca a bailar, en ocasiones un Rock
& Roll o en otras en una balada, pero siempre, siempre nos saca a bailar.
Como diría Yogi Bhajan:
La mente ha de bailar con el cuerpo, todo el universo es tu escenario y
el alma es tu coreógrafo. Trata de sentir que lo que quiera que hagas,
es la cosa más hermosa, el baile más bonito, porque cuando bailas… LO
HACES CON TODO EL UNIVERSO.
¿Te concedes este baile?
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